Mientras mato el tiempo —por decirlo de una forma sutil— desplazándome por X, me encuentro con una noticia que llama mi atención: Estados Unidos emite cada vez más visas de trabajo a modelos de OnlyFans según su nivel de alcance de audiencia, informa el Financial Times. No se trata de una curiosidad aislada ni de una excentricidad del sistema migratorio estadounidense. Es, más bien, un síntoma. Y como todo síntoma, remite a algo más profundo.

Lo que se presenta como “oportunidad”, “libertad” o “emprendimiento” es, en el fondo, una avanzada cultural que se replica en distintas latitudes. Una avanzada que resignifica (o vacía) consignas que alguna vez pretendieron ser emancipadoras. Resulta difícil no pensar en qué derivó aquella frase tan repetida durante la última ola feminista: “mi cuerpo, mi decisión”, parece mutar a una validación acrítica de la explotación sexual, adaptada a los lenguajes del mercado y las plataformas.
La prostitución ya no se nombra como tal, se disfraza como contenido, suscripción, marca personal. La autoexplotación se vende como autonomía y, sobre todo, como negocio rentable. El cuerpo deja de ser un territorio de derechos para convertirse en un activo financiero. Y todo para generar likes.
En la Argentina, el fenómeno no resulta ajeno. Hace poco se viralizó el caso de una policía de la Ciudad de Buenos Aires que vendía contenido erótico en plataformas digitales. El debate público osciló entre la moralización fácil y la banalización absoluta, pero casi no se detuvo en las condiciones materiales que empujan a estas decisiones. La inflación sostenida de los últimos años licuó salarios, precarizó empleos y normalizó la idea de tener dos, tres o más trabajos para simplemente sobrevivir. En ese contexto, vender el propio cuerpo, aunque sea en forma virtual, aparece como una salida más dentro de este bendito sistema.
Sin embargo, reducirlo todo a la crisis económica sería simplista. Hay algo más que se fue rompiendo en el camino. Se ha erosionado la idea de que el estudio, la formación, el esfuerzo sostenido y hasta ciertos valores básicos pueden constituir un proyecto de vida. Tener un título ya no asegura nada y tampoco parece importar demasiado. En la cultura dominante, atravesada por el culto al dinero rápido y a la exposición constante, el cuerpo se volvió capital y la moral, un estorbo.
En esta lógica, muy bien acompañada por la estética del reguetón y la narrativa del “todo vale”, cualquiera puede llegar a cualquier lugar, no por mérito ni por trayectoria, sino por visibilidad. Importa aparecer. Importa monetizar. El cómo es secundario. O directamente irrelevante. Es la época de los acomodos, del “todo es lo mismo”, del “si me sirve a mí, ¿qué importa el resto?”.
Alguna vez se dijo que vivíamos en una sociedad líquida. Hoy, quizás, ese diagnóstico quedó corto. Lo que predomina ya no es la fluidez, sino la volatilidad. Una época gaseosa, donde todo se disuelve antes de tomar forma, donde flotamos sin demasiadas anclas, convencidos de que la nube es un lugar habitable.
A.V.







