En este emotivo relato, el Dr. Horacio Alberto Vero —quien fuera distinguido como Personalidad Destacada de nuestra ciudad en mayo de 2025— nos invita a recorrer los pasillos de la memoria. A través de una prosa cargada de nostalgia y calidez, el autor rescata los aromas, sonidos y afectos que habitaron el hogar de la infancia, recordándonos que, aunque las paredes desaparezcan, la verdadera «patria de todos» reside en el recuerdo.

La casa paterna
Poblada de historias, nostalgias, bullicios y silencios, de tanto en tanto y de vez en cuando, la casa paterna nos visita y acelera el corazón de los recuerdos.
Todo está igual en la memoria, que recorre sigilosa y descalza, hasta el espacio más pequeño de aquellos hermosos y añorados tiempos. Aquí, el bombeador del agua pura y fresca; acá, la hamaca del fantástico vuelo; al costado, los frondosos paraísos; ahí, el cuarto de los viejos y, pegadito, el nuestro; por allá, la cocina con aromas de tucos y buñuelos; el living bien modesto, la galería que calefaccionaba el sol de los inviernos, y la mesa cotidiana del encuentro.
La casa paterna. ¡Cuántas horas compartidas! ¡Cuánta niñez y cuánta adolescencia cobijaron esas paredes y ese techo! ¡Cuánto amor desparramado entre malvones, limoneros, ligustros y ciruelos! La interminable siesta de cada enero. La pelota que viajaba caprichosa a la huerta del vecino lindero.
Refugio de abuelos, de una cuñada jubilada o de algún tío veterano y soltero. La casa paterna era la patria de todos, un territorio sin fronteras y sin puertas, donde siempre cabía uno más, para saborear un mate, un vino o un puchero.
Por esas cosas de la vida, un día, la casa paterna queda vacía, ganada por ausencias y adioses con boleto de ida y sin regreso. Callan su canto los pájaros del cielo y el jazmín del patio, ya no da brotes nuevos.
Y una tarde cualquiera, nos damos una vuelta por el barrio para buscarla y reconocernos en un abrazo, emocionado y cálido. A veces, un terreno baldío, o un cartel de «se vende», o un edificio gigantesco, nos alertan sin piedad ni compasión que la casa paterna ya no existe, y que solo ha quedado de ella lo que podemos armar entre penumbras, alegrías y tristezas acelerando el corazón de los recuerdos. Y con poco de suerte, nos parecerá escuchar el llamado cariñoso de mamá porque se enfría la sopa que preparó para el almuerzo.
Horacio Alberto Vero







